Prólogo

Poetas Mesoamericanos:
Unidad e independencia

Julio Valle-Castillo

n los primeros siglos coloniales, la literatura que se produjo en el nuevo mundo se limitó a cartas de relación, crónicas e informes de los conquistadores dirigidos a la corona española en búsqueda de quedarse con parte del oro y de la plata, lograr algún cargo militar y una presencia en la corte de los Reyes Católicos. A excepción de dos poemas extensos, La Araucana, de Alonso de Ercilla y Zúñiga, y Arauco domado, de Pedro de Oña, el resto fue esencialmente una prosa épica.

Posteriormente se escribieron picarescas novelas de caballería y vidas de santos, poco o nada creativas, que repetían modelos italianos. La literatura castellana protagonizaba tendencias y escuelas como el conceptismo de Quevedo, el teatro de los geniales Lope de Vega y Calderón de la Barca y los barrocos como Gracián.

Arte por: Luis Briones

La literatura castellana comenzaba a anquilosarse. El neoclasicismo del Duque de Rivas, su romanticismo a lo Zorrilla, a lo Bécquer, Rosalía de Castro y Campoamor, era débil, nada comparable con otras corrientes en el resto de Europa. Fue hasta mediados del siglo XIX cuando comenzaron a intensificarse los amenazantes visos y pugnas de los criollos, incluso en contra de la misma iglesia, y se vislumbraba inevitable la independencia de las Américas, que la corona española y su auge comenzaron a dar señales de decadencia, principalmente bajo los embates de la corona inglesa y de la piratería de Inglaterra y Holanda. Mientras tanto, la cultura literaria en México, el Caribe, la Capitanía General de Guatemala y los Virreinatos del sur soplaba de manera impetuosa. Ya América contaba con algunos autores o precursores. La independencia de América sería más una independencia literaria que económica, política o militar.

El desprendimiento trajo consigo una literatura nueva ya no épica, sino lírica. Sus precursores fueron los mexicanos Salvador Díaz Mirón y Manuel Gutiérrez Nájera, los cubanos Julián del Casal y José Martí y el colombiano José Asunción Silva. Esta nueva poesía mezclaba el simbolismo, el parnasianismo y hasta cierto realismo, demarcando una distancia y diferencia con España y aún más con todo el léxico y las unidades melódicas de las lenguas indígenas. Fue llamada por la crítica, especialmente por don Juan Valera, “modernismo”.

La influencia francesa se hizo notar; los temas orientales y clásicos cambiaron, se vio la muerte de la Emperatriz de la China, se vieron cisnes, pájaros míticos y centauros, y la versificación se flexibilizó y cambió el ritmo. El modernismo ya era una expresión americana y libre. Era música y melodía, más que verbo. La América Central comenzó a desarrollar una poesía exótica con giros y acentos novedosos, cosmopolita, apuntando siempre a París, la capital del arte. Y he aquí que, con Rubén Darío a la cabeza, se produce Azul (1888); una prosa de Gutiérrez Nájera y Martí exquisita, imaginativa y ágil, y un periodismo alerta. De estos países, llamados en aquel entonces “republiquetas”, o “provincias en medio de guerras civiles”, o “anexiones a México”, o, entre ellos mismos, “una unidad imposible”, aparecieron sucesivamente autores muy originales que invertirían la literatura europea de la cual se habían nutrido, para proponer concepciones estéticas novedosamente sorprendentes.

Entre los poetas guatemaltecos destacaron figuras contrastantes como José Batres Montúfar, escritor controversial, tan humorista como serio, sin duda la figura central de la poesía guatemalteca del siglo XIX; Miguel Ángel Asturias, indigenista, Maya, el hombre lengua y, por tanto, el cacique o rey; Luis Cardoza y Aragón, afrancesado, surrealista y crítico, que transformó sus comentarios discursivos en arte lúcido y alucinado, una suerte de poema en prosa; el neobarroco Carlos Illescas; la valerosa Luz Méndez de la Vega; y Enrique Noriega, miembro de la llamada “generación de los setenta”, con su voz fuerte y apasionada.

De El Salvador surgió Francisco Gavidia, uno de los maestros del modernismo, quien, según algunos, le enseñó los manejos del alejandrino castellano y el alejandrino francés a Rubén Darío. Posteriormente, aparecerían dos importantes figuras femeninas: Claudia Lars, una voz semiautomática y metafórica; y Claribel Alegría, discípula del español Juan Ramón Jiménez, compartida (por asuntos de nacionalidad) con Nicaragua, y poseedora de una heterogeneidad que la hizo llegar hasta el siglo XXI. Cerrarían el siglo pasado tres poetas del coloquialismo con amplias dimensiones sociales; críticos, humoristas y prosistas: Roque Dalton, Alfonso Kijadaurías y David Escobar Galindo. Roque pagaría con su vida por sus particulares convicciones humanas e ideológicas.

Honduras vería nacer a Juan Ramón Molina, un poeta modernista, pescador de fantasías, quien Asturias consideró siempre superior a Darío; la reafirmación erótica y franca de Clementina Suarez, quien sería también promotora de la plástica hondureña y de las nuevas opciones socio-culturales de su país; y, tras ella, ampliarían el panorama literario con su inconfundible talento escritores como Pompeyo del Valle, consistente autor de una “ruta fulgurante” en sus mensajes, con cierta huella de Pablo Neruda; Roberto Sosa, cuya poesía sencilla, transparente, entrañable, ostentaba siempre un brillo suave; Óscar Acosta, organizador de movimientos culturales y asociaciones de periodismo, poeta europeo siendo hondureño a la vez, detenido entre el amor y el tiempo, los vitrales y su país; y Claudio Barrera, el poeta de la Ceiba, considerado figura insigne en las letras hondureñas, miembro de la Generación del 35 y autor de obras realistas, repletas de optimismo y esperanza.

Nicaragua, por su parte, le daría al mundo el genio de Rubén Darío, quien hizo de las prosas religiosas “prosas profanas”, cantor de la vida y la esperanza -tanto de América como de España-, incomparable en el manejo de la diversificación modernista y moderna. A Darío se debe el impulso poético de Nicaragua y de la lengua española toda. A su sombra se comenzarían a perfilar una gran variedad de poetas vanguardistas, modernos y exterioristas como Salomón de la Selva, tan clásico como renovador, tan neogriego como neolatino; Ernesto Cardenal, quien se apropió y mezcló la poesía norteamericana con la indígena, bíblica y cósmica; el arqueólogo plástico Pablo Antonio Cuadra, que cantó los llanos chontaleños y la epopeya de los marineros del lago Cocibolca y, además, fue poeta de la liturgia cristiana católica y de la nostalgia familiar; Joaquín Pasos, precoz, genial, dotado para la poesía de viajes y de amor, del indigenismo; ser telúrico y aéreo, luminoso y oscuro, un hombre de contraste, trágico y humorista, acosado y corroído por la muerte; y Carlos Martínez Rivas, el crítico de la sociedad contemporánea, insurrecto solitario, epigramático y culto, obsesionado con la perfección.

Costa Rica tuvo una poesía tardía comparado al resto de la región y, sin embargo, produjo importantes voces como Eunice Odio, de lengua oscura y filosófica, y Julieta Dobles, con su poesía científica y multicolor. Ya antes había surgido Isaac Felipe Azofeifa y una serie de poetas modernos como Jorge Debravo, Alfonso Chase y Carlos Francisco Monge. Debravo fue una figura emblemática; lírico y anti vanguardista, preocupado por el destino del mundo y la recuperación de las utopías. Fundador del Grupo Poético, sus versos, desde los eróticos hasta los políticos, movieron completamente la poesía costarricense. Por su parte, Alfonso Chase y Carlos Francisco Monge han mantenido la tensión y las preocupaciones sociales en su extensa y desafiante obra.

Como podemos ver, la poesía centroamericana, que arranca con el modernismo hasta el prosaísmo, el exteriorismo, el coloquialismo, pasando por la vanguardia y la post vanguardia, llega hasta la actualidad siendo, en su esencia, tan indígena como española, tan latina como griega. Está, en todos los casos, interrelacionada, y es, a la vez, independiente y unitaria. Su resonancia es, sin duda, su mayor producto de valor universal. Como diría José Coronel Urtecho, es una poesía audaz, transformadora, que hace de las lenguas de América y las españolas una verdadera revolución.

Introducción

Arte por: Luis Briones

Apolo y el volcán

Gabriel Traversari

Dice uno de los libros sapienciales que hay “un tiempo señalado para todo y un tiempo para cada suceso bajo el cielo”. Con el pasar de los años y las experiencias acopiadas, he logrado corroborar cuán irrefutable es esa frase. Hace casi tres décadas, cuando me encontraba inmerso en mis quehaceres televisivos en Estados Unidos, elaboré un proyecto de “poesía hablada” en homenaje a los más influyentes bardos latinoamericanos, una idea ambiciosa que pretendía congregar a importantes personalidades del mundo del espectáculo para declamar algunas obras emblemáticas de este notable grupo de autores. Por múltiples razones, mayormente de índole logística, la iniciativa nunca se logró llevar a cabo y mis planes se vieron prematuramente truncados. Todavía conservo los archivos digitales con muchos de los poemas elegidos, apuntes personales y una extensa lista de figuras de la cultura popular

que me parecieron apropiadas para participar en lo que, desde entonces, yo ya denominaba una “campaña de rescate y concientización.” Y es que la poesía ha venido injustamente relegándose a los rincones más oscuros de la literatura; en parte, como resultado del precipitoso e impaciente mundo moderno en que vivimos, en parte debido a las carencias del sistema educacional en algunos sectores de nuestra sociedad y, en parte, porque este es un medio de expresión percibido por muchos como excesivamente sofisticado, complejo e inaccesible.

En su tesis sobre la realidad social en la lírica contemporánea, Nieves García Prados señala que “los lectores de hoy en día identifican la poesía como un lenguaje difícil, casi irreconocible, como si los poetas no hablasen su idioma,” y aunque, en efecto, ese esplendoroso universo de palabras (que no está “hecho solo de palabras”, como diría Roque Dalton), suele existir primordialmente para quienes ansían explorar los laberintos del alma y descifrar los múltiples misterios de la metáfora y la simbología, sus dotes y privilegios jamás han sido exclusivos de nadie. Todo lo contrario. En las grandes civilizaciones, la poética ha servido siempre como una herramienta de expresión social, para instruir y traspasar conocimiento, como mecanismo crítico, como fuente de inspiración y sustento espiritual. Es parte de nuestra “herencia compartida” y se considera, hoy en día, un elemento fundamental dentro del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Lamentablemente, el hombre ha venido perdiendo cada vez más su conectividad con sus sagradas tradiciones, y ese distanciamiento del que habla García Prados es real y se agudiza entre más avanza la tecnología, y las plataformas sociales -vertiginoso conducto de la comunicación en masa- se apoderan del pensamiento colectivo. Hablar a la ligera, de manera presurosa y superficial, abordar temas inconsecuentes y de escasa trascendencia, es la orden del día, y, en tales escenarios, un léxico cimero, minuciosamente pensado y elaborado, no pareciera tener del todo cabida, o el mínimo grado de aceptación. Y no es que la poesía ha desaparecido, como tal. Simplemente se ha invisibilizado conforme los valores y las actitudes del mundo han venido cambiando, por no decir deteriorándose. Expresado de otra manera, entre menos sensibles las personas, menos necesidad existe para los amplios aspectos contemplativos que ofrece el lenguaje de los bardos.

Si bien aquel compromiso me pareció relevante en 1992, 29 años más tarde, no sólo pareciera imprescindible, sino que es, además, históricamente apropiado. Esta renovada oportunidad de elaborar una importante antología poética surge a raíz del bicentenario de la Independencia de Centroamérica, un hito histórico que marcó un parteaguas en el proceso sociocultural de la región, y que este año se ha venido celebrando con efusiva algarabía en los cinco correspondientes países del istmo. Estar en Nicaragua para poder honrar tan emblemática ocasión y poseer finalmente las herramientas necesarias para llevar a cabo un proyecto de esta particular magnitud, demuestra, como dice la cita inicial, que todo en nuestro recorrido personal sucede cuando debe suceder. No antes, ni después. Incluso, considero que con el tiempo, he logrado adquirir una mayor apreciación por las funciones transformativas del poeta y comprendo más íntimamente lo valioso que ha sido para mí perderme en los versos y cadencias de extraordinarios seres inspiracionales, y buscar refugio, como escritor que soy, en mis propias creaciones imaginativas.

Esta producción impresa -y sonora- ha sido, por ende, particularmente enriquecedora para mí. Desde las etapas investigativas que me obligaron ampliar mi muy limitado conocimiento de la poesía regional, a las extensas y necesarias lecturas que me permitieron adentrar los complejos y fascinantes espacios internos de tan variados y contrastantes escritores; hasta mi comunión con colegas y colaboradores en cuyo talento y conocimiento deposité mi entusiasmo y entera confianza, la elaboración de esta obra me ha recordado cuán afortunados somos quienes forjamos juntos un fin común y, en el proceso, elevamos un poco la consciencia de una sociedad que lucha incesantemente contra sí misma. Nuestra antología despunta con la renovada y vigorosa voz del centroamericano independizado y auto determinante, aclimatado a los costumbrismos híbridos adquiridos tras siglos de dominio peninsular, pero no por ello desvinculado enteramente de su identidad primigenia y de sus inconfundibles raíces ancestrales.

Más bien, es en este nuevo y transformativo ciclo de su evolución sociopolítica, que el encuentro del criollo con su sometida contraparte se torna inevitable, necesario y contundente. Libre al fin de presiones externas, sus instintos lo llevarán a desenterrar paulatinamente la cultura perdida de sus antepasados aborígenes y encontrar allí un fértil subsuelo repleto de misterios, acertijos y mensajes crípticos de inestimable significado para él. En el proceso, se verá obligado a integrar al colonizador y al indígena que habitan en su sangre -el perpetuo y desafiante reto de quienes somos vástagos del mestizaje- y persuadirlos a coexistir en armonía. De lo contrario, no le quedará más remedio que sucumbir ante las voces encontradas de su id y tratar de entender y expresar lo que estas mismas le susurran, a veces con insinuante sutileza, a veces con implacable rebeldía. Aspectos de esta bicéfala dualidad comienzan a aflorar en los versos del poeta independentista y posterior a él. ¿Qué más desgarradora y paradójica contemplación que aquella plasmada por Rubén Darío en la famosa estrofa que dice:

“¿Pero qué voy a hacer, si estoy
atado al potro
en que, ganado el premio, siempre
quiero ser otro
y en que, dos en mí mismo, triunfa
uno de los dos?”

Es precisamente en el lenguaje modernista del gran bardo nicaragüense que vemos impresos, una y otra vez, el refinamiento lírico del europeo y el atavismo orgánico, indómito y pasional del “hombre nuevo” de las Américas. Una fusión contrastante que sentaría precedentes de insuperables proporciones. No es enteramente casualidad que tantos poetas latinoamericanos recurran al atabal para impulsar el ritmo de sus cantos. Y es que en tiempos precolombinos, la poesía siempre jugó un papel vital en el discernimiento de temas cotidianos y existenciales, y numerosas deidades y líderes tribales como Nezahualcóyotl (mejor conocido como el Rey Poeta) eran identificados con la fructuosa actividad poética de su época. Elegimos, no coincidentemente, como parte del diseño visual de este libro conmemorativo, el uso de colores silvestres, reverberantes, alusivos a la “flor”, como tal, porque esta ejemplifica tantos elementos primordiales en la obra de nuestros antecesores.

Las flores del jaguar, del águila, del oro, de la amistad y de la guerra, del cacao y del elote, los famosos xochicuicatzin, o cantos floridos, la flor como símbolo de belleza, pureza, decadencia y muerte. En la poesía náhuatl, las flores están relacionadas al Dador de la vida, y en la poesía maya a los ancestros y a la serpiente de lirio acuático, entre otras tantas interpretaciones metafóricas. Flor y Canto, posiblemente la obra poética más importante de aquellos tiempos, es la definición misma de la poesía y del arte en general. Por tanto, no sorprende que, como justo tributo a la herencia prehispánica, o como una inevitable extensión de la misma, tantos poetas centroamericanos, algunos de ellos incluidos en nuestro proyecto, hagan constante referencia a los primeros habitantes de estas tierras que, siglos después, los verían nacer y convertirse en sus más devotos interlocutores.

Y estos liróforos no sólo celebran su identidad más inherente, sino que también alaban en unísono canto patrio la grandeza de sus países de origen, y las luchas, a veces incongruentes, que han persistido a lo largo de sus diversos -y no tan disímiles- procesos históricos. Francisco Morazán, prócer hondureño y presidente electo de Centroamérica, circa 1830, dijo alguna vez que “la grandeza de un pueblo no se mide por la extensión de su territorio, sino por la dignidad y el honor de sus hijos,” y, sin duda, la lista de poetas incluidos en esta antología, es un testimonio tangible de tan hermoso sentimiento. 30 figuras insignes cuyos aportes literarios son el reflejo de una amplia riqueza interna y una constante y valerosa lucha por entender los complejos entresijos de la experiencia humana. Fue, para quienes armamos este emocionante rompecabezas, tarea casi imposible tener que reducir la cantidad de destacados poetas centroamericanos a seis por país, dejando fuera a muchos otros de calidad excepcional. Desafortunadamente, este particular ejercicio y sus criterios estructurales no nos permitió extender demasiado, ni el número de obras participativas, ni la longitud de los poemas en sí.

Dado el aspecto auditivo del proyecto, optamos por elegir piezas que no excedieran los tres minutos al momento de ser declamadas, generando lecturas concisas pero sustansiosas. Esto nos obligó a descartar algunas notables y mundialmente reconocidas poesías “épicas,” e incluso innumerables y fabulosos poemas cortos de “impacto comprimido”, como yo suelo definirlos. Afortunadamente, el repertorio de cada uno de los vates representados en nuestra antología es tan extenso y lustroso, que no tuvimos problema alguno encontrando extraordinarios versos que calzaran adecuadamente dentro del esquema conceptual establecido. En cuanto a la selección de poetas en sí, ésta involucró la meticulosa participación inicial de ciertas figuras del ámbito cultural y pedagógico, organismos diplomáticos de la región, aficionados de la cultura y la poesía centroamericana y, finalmente, un laborioso intercambio de criterio y opiniones entre mi principal colaborador académico, Julio Valle-Castillo, y mi persona.

Deseo brevemente comentar sobre esta sinérgica alianza, porque trabajar con uno de los intelectuales más prolíficos y respetados de Nicaragua le provee siempre enriquecedores matices al proceso creativo. Si bien es cierto que Julio y yo no nos veíamos desde que publiqué mi libro, La hija del dictador (para el cual mi sapiente colega escribió un extraordinario prólogo), volvernos a encontrar fue un acontecimiento tan natural como inevitable. Para este proyecto, Julio ha aportado, no sólo precisas sugerencias, sino que, además, brinda a la mesa el genuino fervor y entendimiento de quien ha escrito amplios tomos sobre poesía y poetas y que es, él mismo, un reconocido panida. No puedo describir cuán deleitoso y gratificante fue sentarme con este entrañable amigo en diversos cafetines de la ciudad, para desmenuzar innumerables versos, escucharlo hablar anecdóticamente sobre sus amistades personales con escritores locales y extranjeros y declamar de memoria decenas de poemas, desde los más connotados, a algunos no tan reconocibles, pero no por ello menos asombrosos.

Nuestros encuentros nos permitieron, además, recordarnos mutuamente lo arduo y retador que es el camino del artista, del hombre pensante, del que lucha por sustentar y contribuir a la cultura y al desarrollo cultural de su país y del mundo. Lo percibí moralmente afectado por las circunstancias adversas que asedian y confinan actualmente al planeta y por sus propias desilusiones personales, pero no por ello derrotado, ni mucho menos. Y es que, quienes hemos asumido la desafiante tarea de comulgar con el arte, o hacer de las letras nuestras más fieles compañeras, poseemos justo el preciso grado de optimismo y determinación para sobrellevar cualquier inadvertido tropiezo o beligerante desventura. Este temple, o empecinado entusiasmo, que nos impele seguir más allá de nuestras mismísimas capacidades físicas o mentales, es probablemente el mismo que encontramos arraigado en el carácter pertinaz de los notables personajes aquí incluidos; guerreros todos en una sociedad envuelta en perpetuo conflicto, injustas desigualdades y perniciosas incongruencias. Tras repasar detalladamente los diversos rumbos de vida que tomaron estos gallardos poetas, descubrí un común denominador en todos ellos: el respeto inequívoco a la autointegridad.

Más allá de sus variados estilos y tendencias literarias, sus temáticas, ideologías y creencias de índole personal, cada uno demostró siempre poseer una inquebrantable lealtad y devoción a su destino. Y unos vivieron, y otros han sobrevivido, “en su ley”, luchando contra la insensibilidad, la opresión, la represión, la marginación y la tiranía en todas sus sórdidas manifestaciones. Dicho esto, es importante aclarar que ningún poeta en esta antología fue incluido o excluido en base a sus inclinaciones doctrinales. Hemos honrado únicamente a quienes se merecen nuestro reconocimiento por ser grandes y fecundos escritores. Las poesías mismas, elegidas finalmente por mí, son una prueba concluyente de ello. Y a pesar de que, ni entre los mismos poetas ha existido nunca una absoluta actitud imparcial o tolerante, generándose en los círculos literarios contiendas frecuentes entre el “yo colectivo” y el “yo individual”, el nuestro es un tributo enfocado meramente en el poder de la palabra escrita y el especial talento de quienes han sabido hacer excelso uso de ella. Se ha incluido aquí poesía contestataria, reflexiva, romántica y existencial.

Alguna vez llegué a pensar que el arte y la expresión artística no debían vincularse a corrientes políticas, ni reflejar ninguna postura sesgada o parcial, porque al identificarse abiertamente con específicas tendencias, éstas pierden inmediatamente su universalidad y su fin se torna peligrosamente propagandista y servil. Ya lo habría dicho Oscar Wilde en su mordaz manifiesto, La decadencia de la mentira: “En cuanto una cosa nos resulta útil o necesaria, o nos afecta en algún sentido, placentero o doloroso, o apela claramente a nuestra compasión, o constituye una parte vital del entorno en el que vivimos, queda fuera de la esfera del auténtico Arte. Pues, frente al objeto del Arte deberíamos mantenernos más o menos indiferentes. En cualquier caso, deberíamos evitar nuestras preferencias, prejuicios o los sentimientos partidistas de cualquier tipo”. Sin embargo, estoy convencido que separar al hombre de sus circunstancias y obligar al poeta a suprimir sus reclamos es una proeza inútil, sino es que enteramente imposible.

No se puede callar al que más profundamente siente, y menos al que con tanta elocuencia sabe expresar eso que siente. Poetas como Cardenal, Dalton y Barrera, por mencionar algunos, denunciaron en sus versos las deformidades que suelen permear una sociedad, y su descontento, quizás no el reflejo de una entera población, y quizás no siempre justificado, fue plasmado en sus obras con autenticidad y la convicción de quienes, en su momento, creyeron estar haciendo y diciendo lo correcto. Ya sobrarán los críticos que cuestionen y evalúen, no con una leve dosis de subjetividad y prejuicio, su filosofía personal. Lo cierto es que Centroamérica ha sido sede de intermitentes irregularidades y condiciones imperfectas y todo cuanto nos permita analizar nuestra realidad colectiva y nos obligue mejorarla, nunca estará de más.

Otro placer especial para mí ha sido redescubrir el cofre de tesoros poéticos que alberga Nicaragua, país impulsor de esta iniciativa y suelo fecundo de respetables e innovadores bardos de prestigio mundial. Una vez más, nuestra lista de seis nos obligó dejar a un lado a numerosos exponentes del género, una lamentable pero necesaria decisión que no ha sido para mí del todo fácil asumir. Quizás en un futuro podamos rendir justo tributo a estos otros escritores que, indudablemente, han dejado una marca en el mundo de la literatura y que serán siempre dignos de nuestra más genuina estimación. Dicho esto, quienes conforman el bloque de poetas nicaragüenses de esta producción son todos personajes icónicos -míticos algunos- y creo que nadie podrá argumentar lo contrario. Si puedo renunciar por unos segundos a mi obligada neutralidad como recopilador antológico, debo decir que tropezarme nuevamente con la brillantez de Joaquín Pasos, nuestro enfant terrible, ha sido particularmente reconfortante para mí. Como alguna vez lo expresara Ernesto Cardenal: “Joaquín nunca escribió versos malos” y me atrevería a decir que, con ese comentario, el irreverente sacerdote trapense se queda corto. Quizás más elaborado sea el análisis de Carlos Martínez Rivas, quien, en su poema/tributo Canto fúnebre a la muerte de Joaquín Pasos, describe cómo para el eximio bardo fenecido, “hacer un poema era planear un crimen perfecto. Era urdir una mentira sin mácula hecha verdad a fuerza de pureza.”

Esto me lleva a hablar de algo que también se manifestó de manera inadvertida durante mis cruciales períodos de lectura y lo cual me ha parecido especialmente conmovedor: la manera en que todos estos poetas y colegas han logrado expresar su admiración y respeto entre sí, ya sea a través de cartas, ensayos, poemas y, como hemos visto, hasta homenajes póstumos. Es como si cada uno aprendiera siempre del otro, como si sus caminos estuviesen destinados, irremediablemente, a converger; como si para ellos resultara inevitable intercambiar impresiones, complementarse, defenderse y hasta extraviarse en los pensamientos y vivencias de sus afines camaradas. Como si todo el tiempo han sabido comprender lo sacrificado y solitario que es el oficio al cual han ofrendado sus almas, y ese entendimiento que los une a tan inaudita, pero honorable existencia, representa para ellos el eslabón más sagrado de su hermandad. Asturias honra a Molina, Chase a Cardenal, Cardenal a Dalton, Sosa a Suárez, Martínez Rivas a Odio, y todos a Darío. “La vida imaginaria es la única digna de ser vivida”, decía Luis Cardoza y Aragón, y es allí, donde la fantasía y lo real convergen, donde lo mundano cobra un significado trascendental y hasta lo más desgarrador y funesto del sentimiento intestino puede vestir atuendos celestiales, que los poetas encuentran eco y la posibilidad de subsistir un día más.

Este mismo enlace fraterno lo encontré con mi estelar grupo de declamadores. Y es que siempre supe que, para poder rescatar un arte que se desdibuja irremediablemente conforme la humanidad va perdiendo su sindéresis, debía recurrir a la sensibilidad de otros artistas: hombres y mujeres de copiosos sentimientos y noble proceder, dispuestos a honrar con su talento a quienes han alzado su voz con valentía y, a través del poder influyente de sus versos, trazado una huella invaluable para la posteridad. A México en particular, excelsa y admirable nación que en tantas ocasiones le ha brindado sustento espiritual y alegría a mi vida, y a mi extraordinario elenco mexicano, debo una dosis especialmente generosa de gratitud. Gracias por sumarse a esta aventura sin titubeo alguno y con el genuino entendimiento y fervor que un cometido como este exige de sus colaboradores.

De la misma manera, brindo por ese ramillete de célebres artistas españoles que, desde la lejana patria de Cervantes, contribuyó magistralmente a este histórico homenaje. Un fraterno aporte, cuya esencia misma fue resumida en palabras por la extraordinaria Miriam Díaz-Aroca. La galardonada presentadora y actriz madrileña compartió con nosotros un conmovedor mensaje de voz que reverberó más allá de la geografía y las particularidades innatas de cada nación participante: “Formo parte de vosotros, desde el latido de mi corazón, desde el compromiso de mi alma. Os abrazo en libertad, para siempre y sin caducidad.” ¡Cuánta gracia, elocuencia y sensibilidad!

Quiero agradecer también al entero equipo técnico de este proyecto. A mis respetados colegas, Rodolfo Castillo, Jorge Ferrón y Mario Gil, y muy especialmente a Luis Rocha y Marco Toval, dos jóvenes con quienes compartí más de cien horas de trabajo creativo en los estudios de mi país. El primero, mi ingeniero y editor de sonido en Nicaragua; el segundo, el prodigioso guitarrista que compuso, con sorprendente destreza, las 30 maravillosas composiciones que acompañan esta antología hablada. Para mí fue vital otorgarles a estos talentosos artistas locales un ambicioso reto como este y hacerlos partícipes de un esfuerzo de amplia proyección internacional. Que para ellos este significativo paso represente el inicio de una emocionante y fructífera aventura de vida.

Gracias a nuestros homenajeados autores, y, en el caso de aquellos ilustres ausentes, a sus gentiles herederos, por permitirnos compartir con el mundo la grandeza de los versos recopilados en esta colección. Finalmente, un reconocimiento especial a los empresarios y directivos que han hecho posible la realización de esta obra en sus diversas manifestaciones. En tiempos tan adversos e impredecibles, es doblemente grato para mí saber que existe gente con amplia sensibilidad y una profunda apreciación y respeto por nuestro patrimonio cultural. Gracias a: César Zamora, Dante Mossi, Salvador Sacasa, William Segura Zamora, María Josefina Terán de Zamora, Carlos Salinas, Juan B. Sacasa, Norma Maltez, Jaime Altamirano Ramírez, Sergio Maltez, Antonio Vega, Gilda E. Tinoco, Luis Morales Alonso y Luis Douglas Contreras. Sin ustedes, apostando por el arte y, en este caso, la unidad regional, esta iniciativa jamás hubiese visto la luz del día, y luz es lo que más necesita nuestra sociedad en estos momentos.

Ojalá que con estas inspiradoras y accesibles interpretaciones orales, la poesía centroamericana goce de un justo renacer, y que la juventud, de cuyas decisiones y actitudes depende nuestro futuro, descubra, gracias a este bienintencionado esfuerzo, el poder y misticismo de la palabra escrita, su belleza y capacidad de unificar y arrimarnos a nuestros más íntimos y más preciados sentimientos. Así como en épocas prehispánicas, queremos reestablecer la tradición oral en la poesía, inspirar a otros a recitar poemas de autores consagrados, de poetas nacientes, u obras de su propia autoría. A fin de cuentas, todos somos trovadores, de alguna u otra manera, y todos tenemos algo que contar.

Es mi deseo que Verso y voz sirva como una contribución académica y un aporte a los anales culturales de cada país aquí representado y más allá de ellos; que su contenido pueda implementarse en programas escolares, ayude a promover el debate y el intercambio intergeneracional y despierte, como lo han hecho ya las loables aportaciones de algunos otros audaces hermanos coterráneos, un renovado interés por los encuentros de poesía, los foros de análisis y discusión poética, los talleres de capacitación y tantos otros derivativos que, de una misma idea, sin duda germinarán con desbordante entusiasmo.

Espero también, que esta celebración de la Independencia de Centroamérica nos permita a los diversos integrantes de la región ser más conscientes de nuestros valores y aptitudes, nos inspire a trabajar de la mano en iniciativas que integren el potencial de nuestros pueblos, y nos recuerde que juntos somos más que cualquier fuerza dividida, y que nuestros latidos son profundas añoranzas que provienen de un mismo, esplendoroso y entusiasta corazón.